No podíamos, no daba, no estaba bien; pero veníamos acumulando ganas desde hacia muchísimo tiempo, y no era calentura, era mucho más que eso. La incluía, obvio, me moría de ganas de conocerle el cuerpo con los ojos, con las manos; pero además tenia ganas de saberle las dudas, las flaquezas, las fragilidades, esas que en ese hombre más grande y duro jamás exteriorizaba. Me gustaba todo lo que sabia de él, lo que veía, lo que me enteraba, lo que suponia, lo que me imaginaba, pero quería conocer más para terminar de enamorarme.
Necesitaba dos instancias. Primero, una mesa de un bar, con algo para tomar, y una charla hasta desnudarnos con palabras. Segundo, una cama, sin un orden determinado; sin embargo, entendía que él sabia que no correspondia; ninguna de las dos cosas; porque una cosa, fuera la que fuera, que empezarámos, iba a llevar a la otra. Y tal vez, una sola de ellas no hubiera implicado una complicación; pero si las dos, porque de ese combo, no es fácil volver.
Yo quería volver, no lo voy a negar, pero como siempre... tenía miedo, miedo de mi, de él, miedo de ese miedo a cuando todo sale bien, porque ahí es cuando algo va a estar por salir mal, como pasó.