Hace un tiempo me preguntaba qué tenía de bueno estar siempre con la misma persona, me parecía aburrido, monótono. Me preguntaba eso porque no conocía a Natalí, esa nena (porque a pesar de su edad, es una nena) extraña, rara, histérica, loca, divertida, alegre, triste, sensible, enigmática, enojona, tierna, generosa, egoísta, como verán, contradictoria.
Uno no elige a quién se topa en el camino, pero sí elige con quién se queda, yo la elegí a ella. La elegí casi sin conocerla. Pero sabía lo más importante: es humana (o al menos eso parece). Si es humana es evidente que va a tener errores, que no va a ser perfecta.
Quise acercarme a ella, despacio, con cautela, pero quienes la conocen ya saben cómo es, se regaló a mí. Empecé a jugar un juego que no conocía, no sabía cómo empezar ni cómo seguir; mucho menos, cuáles eran sus posibles finales. En verdad, no me arrepiento de haberlo jugado, pero creo que estaba en desventaja. Para su alegría o tristeza, ella tenía más experiencia en el juego. Había ganado, había perdido y lo había abandonado.
Ya estaba bailando, no había marcha atrás. No soy un buen bailarín, ella sí (es bailarina). Tuve buenas jugadas, muchas malas, era evidente que no podía ganarle, tenía muchas cartas bajo la manga y sabía cuándo jugarlas, al menos para dejarme paralizado, sin saber qué hacer o decir. Me caí, no tenía la fuerza para jugar como se debe, no tenía el valor.
Siempre fui un experto en evadir las cosas, ella me hizo enfrentar muchos de mis miedos y los sufrió junto a mí. Los de afuera no ven todo lo que pasaba entre nosotros, no veían sus ojos hermosos brillar cuando hablaba emocionada, nunca la vieron a esos mismos ojos por un largo tiempo, esperando que su mirada conteste lo que su boca no. Nunca sintieron la fuerza que yo sentí en cada uno de los abrazos de esa nena, inmadura, pasional. Nunca sintieron que lo más importante era volver a verla y besarla sin saber si iba a haber otro beso, porque con ella nunca se sabe. Los de afuera pensaban que no había nada de bueno en estar siempre con ella, creían que era aburrido, monótono, como yo creía hace un tiempo. Ellos no la veían reír cuando contaba un chiste absurdo, sin sentido, no acompañaron esa risa, tampoco su llanto.
Por eso los de afuera pueden opinar, pero no van a saber cómo es ella, cómo funciona su revoloteada cabeza, cómo funciona su amor. No van a entender su fragilidad, ni por qué necesito cuidarla y que me cuide, yo también soy frágil, me puedo caer muy fácilmente, ella sabe cómo levantarme, es fuerte en el fondo. Tiene un buen corazón, me enseñó un poco de este juego, este juego loco y atravesado como ella. Me hizo darme cuenta que no era necesario ganarlo, que con empatarlo podíamos ser felices los dos. Ahí sí estábamos iguales los dos, ninguno había empatado.
Lautaro Kulik. Noviembre 2014